Cuota a gota

Por: María Paula Ochoa V.

Agonizar sin vida, es morir. La agonía viva hace memoria. Sin el grito inicial y constante, los procesos corren peligro de volverse espejismos, disfraces para calmar las aguas, para represarlas, para secarlas.  Así se han dejado las aguas enfriar, y con ellas la sangre. Fue así que empezaron a decir «democracia»; y nos adjetivaron con el superlativo de «la más antigua de América latina», mirando por encima del hombro a los hermanitos, igual de sucios, igual de sures, pero menos lambones. 

La democracia en este país es un arma de doble filo, por las dos puntas masacra y nunca hemos encontrado el mango de donde agarrarla. Es una hijita que nació boba: sin cuerpo y sin dientes; que por hacer bonito, siempre termina haciendo feo. Lo que no han dicho es que antes de ser hija fue pensamiento, voluntad; que nació con una hermanita gemela, que siempre alcanzó a escaparse y se fue para los rincones que nadie visita.

Entre una y otra hermana se bandea la ley 581 del 2000; que quiso ser otra voz, y apenas nació se quedó muda. Le negaron los dientes y el cuerpo, pero le pusieron un nombre ruidoso; la hicieron de paja, para que no se notara mucho, para que mucho callara y no se viera tan flaca. Se le conoce también como la «Ley de cuotas» que reglamenta la adecuada y efectiva participación de las mujeres en los niveles decisorios de las diferentes ramas y órganos del poder público. Y que establece, entre otras cosas, unos porcentajes mínimos de presencia femenina en las aspiraciones partidistas a los cargos públicos. Su origen guarda esa intención fetichista legal de ver las leyes como lo divino, de darles el poder fantástico, de poner retazos sobre las desigualdades estructurales que se oponen a la democracia, sin concentrarse en la erradicación de los sistemas que constituyen las situaciones de inequidad. 

Más allá de esta visión ilusoria que se manifiesta en la mayoría de utopías legalistas, hubo sectores que le apostaron a la implementación de la Ley de cuotas como resistencia, viendo en ella posibilidades para la transformación de los imaginarios colectivos y culturales, además de la búsqueda estratégica de fugas para formar y fortalecer la ciudadanía femenina, siempre restringida material y estructuralmente. Casi alcanzamos a leer, entrelíneas y con algún esfuerzo, la máxima que dice: la democracia será con las mujeres o no será.

Foto web: Archivo El Espectador

Contamos ya diecinueve calendarios desde que entró en vigencia la ley, y, para nuestro pesar, esa máxima atrevida y revolucionaria termina siendo la fabulación de la voluntad política que no hay. No en vano persisten las estructuras culturales, económicas, políticas que constituían múltiples obstáculos para la participación femenina antes de la ley. Esto se debe a que su implementación no ha estado debidamente acompañada de la formación de las ciudadanías agonizantes que no terminaron de nacer. Esto sucede particularmente en el proceso colombiano, y en el caso concreto de Antioquia, tierra de hacha de mayores, empuñadas por sus machos.

La Ley de cuotas fue y sigue siendo criticada con vehemencia desde múltiples sectores. Es necesario revisar la efectividad de su existencia, a propósito de todas las voces que la esquivan y las que la reclaman con mucha más fuerza en épocas electorales. 

Argumentos de base 

Mucho se ha dicho que las cuotas son un beneficio del cual las mujeres no tenemos porque gozar. Que ¡los privilegios no son derechos! Que ¡queremos todo regalado! Y que ¡Ahí estamos pintadas, mantenidas! Según esto, deben ser sólo las personas cualificadas las elegidas para los cargos públicos, ¡sin distinción de su género, etnia, u orientación sexual! 

Este es, si se quiere, el argumento más débil, lejano y absurdo de todos, también el más utilizado. Ignoran, quienes siguen criticando las cuotas con este supuesto, que la democracia que defienden a machete si es necesario, implica la participación representativa o directa de los diferentes sectores que habitan la sociedad.

La democracia sucede cuando los sectores son verdaderas posibilidades. Pero actualmente no está representada la pluralidad de la ciudadanía, sino que las clases políticas y económicas nos ponen las mismas opciones en el abanico de posibilidades. Ese abanico que llega a su casa, o que usted ve en vallas pagadas con cantidades exorbitantes de dinero, no incluye precisamente a cualquier ciudadana de a pie capacitada que quiere participar en el escenario institucional. ¿Se ha preguntado por qué las mujeres son las últimas y son minoría en las listas para cargos de elección popular? ¡Claro! Debe ser que como «están en sus días» no se les da la gana de participar. 

Asimismo, hay argumentos más complejos que son importantes resaltar para problematizar la ley. Un problema trascendental –que reitera el feminismo– es la multiplicidad del sujeto político «mujer». Es decir, no existe «la mujer», existimos las mujeres. Si se comprenden los obstáculos que tienen las mujeres blancas heterosexuales a la hora de participar en política, ¿qué sucede con las mujeres negras, y lesbianas?, y ¿con lxs no binarixs, los hombres gay y las disidencias sexuales? 

No se trata de insistir en que la Ley de cuotas es inútil, o decir peyorativamente que se debería abrir una cuota para todos los grupos que surjan. No. Partimos de que las mujeres somos la mitad de la humanidad, y el grupo más numeroso y más oprimido a lo largo de la historia. Es por ello, por la sistematicidad y la vigencia del problema, que el feminismo, al ser el discurso antidiscriminatorio por excelencia, remarca la necesidad de abrir nuevos espacios y dotar de mejores herramientas la Ley de cuotas. 

Argumentos de forma

Del problema de la representatividad, sin embargo, se puede precisar una dimensión relacionada con las múltiples estructuras de opresión existentes. ¿Qué mujeres son las que se postulan? y ¿qué partidos son los que tienen reales oportunidades, teniendo en cuenta las formas en las que se desarrolla la política? 

Este asunto está profundamente ligado con la identidad política, que no es menos trascendental en la democracia. ¿Por qué tendría que votar por una mujer si me siento más conectada con las ideas de un compañero que es aspira al mismo cargo que una mujer? Es totalmente válido, pues tiene mucho que ver la aptitud para los cargos. En todos los sectores políticos hay mujeres, pero cabe preguntarnos por qué no son lo suficientemente cualificadas las mujeres para identificarnos con ellas; o por qué en caso de estar igualmente cualificadas preferimos votar por el hombre. 

Pueden ser múltiples los motivos, y no es cuestión de caer en determinismos y legitimar sólo una respuesta. Lo cierto es que esto nos lleva a plantear que postularse no implica participar, puesto que son múltiples los obstáculos que enfrentamos las mujeres cuando de participación política se trata. Podemos enumerar tres tipos, sin excluir otros que pueden tener cabida. Primero, los obstáculos de partida relacionados con la carencia de destrezas, conocimientos y oportunidades para participar en el juego político en igualdad de condiciones con los hombres. Segundo, los obstáculos de entrada derivados de la cultura en la que persisten estereotipos sobre los roles que deben desempeñar las mujeres en la sociedad, y que las alejan de la esfera pública. Y tercero, los obstáculos de permanencia que tienen que ver con la forma como se desarrolla el quehacer político. 

Dicho esto, podríamos afirmar que aun cuando hayamos superado los motivos que despiertan objeciones respecto a la necesidad de la Ley de cuotas, resulta complejo aterrizarla en el plano de lo real. La reflexión deberá ayudarnos a encontrar formas para compensar esos elementos prácticos que las leyes son incapaces de proporcionar.

Argumentos de eficacia

Finalmente, debemos reflexionar sobre la implementación de la ley 581 del 2000, sobre los límites materiales que hemos encontrado, y que cuestionan la ejecución y la vigencia de la ley. 

Por un lado, parece ignorarse el carácter vinculante de la normatividad y el significado sustancial de ella. De una u otra forma se termina esquivando la participación femenina, ubicándola como un simple requisito. Razón por la que en la mayoría de casos, pocas o ninguna mujer de la lista terminan electas o siquiera votadas. Las mujeres nos hemos convertido en «relleno» de las listas, rara vez superamos el 30% de estas Todo esto ha despertado dudas sobre la eficacia de la Ley y el cumplimiento de sus proyecciones, pues la participación femenina en los cargos públicos está estancada, la Ley conserva las mismas cuotas, y no han aumentado los porcentajes por más que fuera ese el propósito. 

¿Cuál es, entonces, la responsabilidad que tenemos con la democracia? La democracia no se compra, no se vende, ni se “saca a cuotas”. No es un regalo, ni una concesión que se entrega de a traguitos. Somos una cuota, como la democracia. Pero no la hija boba sino la idea hermana que se escapó para los sures buscando la significación conocida antes del despojo. Somos la democracia necia, en movimiento, la que se vive y está viva. Somos las cuotas necesarias, siempre como apuestas, siempre como procesos que tienen vida para hacerse memoria.

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