En la tierra de los seres rojos

Crónica sobre el resguardo indígena embera eyábida de Jaidukamá en Ituango-Antioquia

Fotografía: Jorge David Higuita.

Por: Jorge David Higuita.

A mediados del año 2014, tuve la oportunidad de viajar al resguardo indígena del pueblo embera eyábida de Jaidukamá, ubicado en el municipio de Ituango, noroccidente del departamento de Antioquia (Colombia).  En la historia reciente y en la geopolítica regional de Antioquia, Ituango ha sido considerado un sitio agreste y bastante conflictivo, escenario de encarnizados combates y asedios a la población civil por distintos actores armados (guerrilleros izquierdistas, paramilitares y fuerzas del Estado). Perteneciente al Nudo de Paramillo, ha sido también un lugar mítico, donde perviven cientos de especies de flora y fauna y numerosos ecosistemas singulares que conforman el Parque Nacional Natural Paramillo.  En este escenario, y en un paisaje intrincado de ríos azules, cordilleras verdes y selvas húmedas, habitan los seres rojos pertenecientes al resguardo indígena de Jaidukamá.

Para los colombianos, y principalmente para los antioqueños, los indígenas que han habitado en Jaidukamá son también unos seres míticos, dada la particularidad de su forma de vida, su lengua embera, su territorio casi inaccesible a la sociedad externa, pero sobre todo por su vestimenta de amplias telas coloridas, donde sobresale el rojo, quien permea también sus rostros con este color de fuego.

Bajo estas premisas me aventuré a conocer el territorio y la cultura de los embera eyábidas de Jaidukamá.  Me ilustré previamente con los textos del poeta Antonin Artaud,  escritos en el siglo pasado (1935/36) sobre los indígenas Tarahumaras de México:

“…un país donde hierven crudas las fuerzas vivas del subsuelo, en donde el aire lleno de pájaros vibra con timbre más alto que en cualquier parte, crea dioses por ese hecho mismo y por las fuerzas de las cosas…”[1]

Artaud, … “no rechazaba la noción de cultura.  Repudiaba la cultura occidental porque era conceptual.  Todo sucedía como si los tarahumaras hubieran conservado –como si fuesen los únicos que hubieran conservado- una cultura encarnada, una cultura en carne, en sensibilidad y no en concepto, una cultura con la cual los mitos no habían dejado de ser animales por las fuerzas subterráneas que los habían engendrado, en la cual el hombre volvía a encontrar al instante su yo profundo, en la cual la frecuencia sorda del espíritu dejaba de ser arbitrariamente modelada por una fuerza conceptual extraña al ser; en la cual la comunicación, para establecerse, no tenía ya necesidad de palabras, ni de palabras-signos, ni siquiera de palabras-valores.  A esta cultura, la única capaz de integrar la realidad de Artaud, éste la había localizado a priori en el país de los tarahumaras”[2].

Fotografía: Jorge David Higuita.

Y así, con este pensamiento de Artaud sobre un pueblo amerindio de México, me ví de frente, en la plaza de Ituango, con los primeros seres rojos de Jaidukamá.  Seres que hoy resisten a la civilización de la publicidad y el dinero[3]  desde el silencio y el mutismo; seres que por sus ademanes, postura y lenguaje, son totalmente ajenos a este mundo de la civilización  aludida.  Los seres rojos, que más allá de esta plaza, a dos jornadas o días de camino de herradura, habitan un territorio de ríos azules y cordilleras espigadas, donde el silencio y los frondosos bosques hacen pensar que la Naturaleza aún existe. 

“El humanismo del Renacimiento no fue un engrandecimiento, sino una disminución del hombre, ya que el hombre dejó de elevarse hasta la Naturaleza para atraer la Naturaleza a su talla, y la consideración exclusiva de lo humano hizo perder lo natural”.[4]

Don Delio Domicó, Mayor y sabio de Jaidukamá, me confirmó esta aseveración de Artaud en una larga y amena conversación que sostuvimos en su resguardo en el mes de mayo de 2014.  Él decía:  “Indígena vivía del monte, vive del monte… no es de plata para comprar carne… indígena no trabaja, necesitamos monte”.  Estas cortas y sabias palabras resumen la cosmovisión embera, y un poco más allá, la cosmovisión de las culturas indígenas americanas sobre la relación humanidad-naturaleza.  Quiere decir ese conocimiento de don Delio Domicó, que para los emberas que aún habitan zonas de selva, no hay separación entre su cultura y la naturaleza, que son parte íntegra de ella, y que al acabarla o destruirla, ellos también se extinguen o se enferman.  Al ser parte de la Naturaleza no necesitan trabajar para sobrevivir, sino simplemente tomar como los pájaros, los mamíferos o las plantas, lo que los dioses dadivosamente ofrecen: agua, sol, frutos, raíces, pescado, carne de monte, maderas, cortezas, medicinas, etc., es decir, lo necesario para la sobrevivencia en un medio natural que no requiere en absoluto la mediación del dinero o el mercado.  

Fotografía: Jorge David Higuita.

En estas sabias, contundentes y hermosas palabras de don Delio: “indígena no trabaja, necesitamos monte”, se resumen muchos de los tratados antropológicos que intentan explicar la relación humanidad-naturaleza, y se comprende la disyuntiva del discurso y el actuar institucional referente a los pueblos indígenas actuales, que intentan convertir en trabajadores[5] a los indígenas, cayendo casi siempre en el fracaso asistencialista y en las expresiones peyorativas y discriminatorias de “indio perezoso”.

Lo anterior, para expresar que la comunidad de Jaidukamá se mueve en esa disyuntiva de mantener la unidad con la Naturaleza, con la Madre Tierra, no obstante las grandes presiones del mundo occidental, que avanza en su tarea suicida de destruir el patrimonio ambiental de su entorno.

Estas palabras de don Delio Domicó también nos ayudan a comprender que “la civilización de la publicidad y el dinero” es una civilización suicida y absolutamente ciega.  No de otra manera puede uno entender su acción inmisericorde y premeditada para envenenar el aire, ahorcar ríos, embrutecer los cielos con tanto ruido, ensuciar las aguas de las que bebe luego, destruir los suelos que le producen alimento.  Se entiende entonces el porqué  del culto a la velocidad: es la expresión de un afán inconsciente por vivir, por prolongar el placer y el confort de un momento efímero; es la expresión de una esquizofrenia global que presiente que el tiempo en la tierra se está yendo… que se va, porque la humanidad ha destruido su morada: la tierra.

Don Delio Domicó enfrentando en el resguardo embera de Jaidukamá a tres plagas de la modernidad: el cristianismo, el fútbol y la ganadería.  Foto:  Jorge David, 2014.

Una civilización suicida es una civilización enferma.  Es una civilización quejosa, angustiada,  insomne.  Una sociedad incapaz de comprender la trascendencia, y por tanto, la eternidad.  De acuerdo a los pronósticos del cambio climático global, se nos avecinan desastres naturales de magnitudes impredecibles, y es muy probable que pocos sobrevivan al colapso medioambiental, a la “sacudida de la tierra”.  Esos cuantos habrán entendido la trascendencia, la habrán recuperado, y para otros será simplemente su reconfirmación.  Estos últimos son algunos pueblos escasos que no han desligado su existencia de la tierra:  el ombligo de sus miembros está allí, conectado al territorio ancestral, comprenden sus latidos, saben de sus fiebres, perciben sus grietas, su resequedad, el cambio de corrientes limpias por aguas envenenadas.  Son los grandes sabios, como don Delio Domicó, relegados en el confín de los tiempos y los espacios, pero que ahora se asoman detrás del musgo para reclamar su participación en el conocimiento de la humanidad.  Le dicen pausadamente y con serenidad a la sociedad moribunda, a la civilización suicida, que no avance más, que se retraiga dos pasos y mire el horizonte:  el avance del desierto.  Le dicen que actúe con seriedad, que detenga su locura por extraer, extraer, ¡extraer!  Ya no es posible seguir extrayendo, la Madre Tierra está exhausta y no puede dar de mamar más… no hacerlo, es simplemente imprimir mayor velocidad para llegar al abismo.

Don Delio Domicó termina implorando: “Ayúdenos a nosotros cuidando el bosque y sus animales…indígena vivía del monte, vive del monte… no es de plata”.


[1] Artaud, Antonin. México y viaje al país de los Tarahumaras.  FCE, México, 1984.

[2] Charbonnier, Georges.  Essai sur Antonin Artaud.  Editions Pierre Seghers, París, 1952.

[3] La civilización de la velocidad, la violencia y el video.

[4] Artaud, Antonin. Ibid.

[5] Trabajo entendido como la participación en las dinámicas de la sociedad moderna de ejercicio remunerado y esclavizante, o sea, de productividad alienante.

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