Hay costumbres que son imposibles de dejar de practicar

Por: Carlos Palacio y Milton Giraldo.

Este virus cambió la vida en todos sus posibles sentidos, y revaluó el orden de las prioridades. Nos quitó la cercanía de lo físico, y colocó en su lugar una cobarde distancia de asepsia y miedo.

No obstante, el planeta sigue girando, la tierra sigue su curso, los gallos siguen madrugando, el sol sigue saliendo y mi abuela sigue sonriendo; hemos de entender que estamos jodidos.

Hoy las calles están solas y la gente tiene miedo, sin embargo, este ímpetu gregario que nos impele al contacto, nos va volviendo locos y se buscan excusas para saludar al vecino, visitar a un amor furtivo, o irse de vacaciones al campo.

La cuarentena está sacando lo mejor y lo peor de nosotros, nuestra solidaridad y nuestro egoísmo, todo en un mismo movimiento de insegura cautela.

No saludamos, no miramos no sentimos, y nos hundimos  lentamente en un eterno reproche; sin pensar, muchas veces en aquel, cuya necesidad de contacto significa un día más de comida, o aquel desempleado que ya se cansó de su solitaria hambruna.

Aunque el encierro nos gobierne. 

Todavía hay esperanza… 

Hay costumbres que son imposibles de dejar de practicar, cómo absorber los primeros rayos de sol, darle las gracias a un dios cualquiera, girar y adaptarse al viento de los días, trabajar por el sustento de la familia, ver un paisaje lejano y querer visitarlo, saludar un amigo, querer saber qué ha sido de su vida. Ver la gente pasar y preguntarse por el sentido de sus vidas, o simplemente creer en que algo superior nos espera en algún lado. O tratar de vivir lo más normalmente posible, y disimular que estamos encendidamente vivos, que somos agua, y nos acomodamos a la condición de los días.

27890cookie-checkHay costumbres que son imposibles de dejar de practicar