Crónica de un incendio anunciado: un relato para la protección de nuestros pulmones verdes: los bosques nativos

Por: Chris Blau.

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre”.

Gabriel García Márquez.

«[El fuego] es un azote a la vida, estás viendo las vidas de estos árboles desperdiciadas. Es destrucción. Todos esos árboles tenían vida. Necesitaban vivir, cada uno en su lugar. Pero la gente los quiere destruir. Nuestros esfuerzos son para proteger nuestra área, naturaleza, árboles y animales. Queremos para este lugar todos nuestros esfuerzos. Si es necesario, daré mi última gota de sangre por esta selva. El mundo necesita la Amazonía» dijo a la BBC Raimundo Mura, líder de la tribu indígena Mura que vive en el estado brasileño de Amazonas (uno de los afectados por los incendios).

“Un total de 11 millones de hectáreas de tierra, más de 3 mil casas se redujeron a cenizas y aproximadamente 1,25 mil millones de animales fueron destruidos por los incendios”. Informe de los incendios forestales entre finales del 2019 y 2020 en Australia por el instituto Hawkesbury para el medio ambiente de la universidad Western Sydney.


Por esta época los días no están que arden, queman.

El día en que lo iban a apagar, el fuego se manifestó en las montañas del Oriente antioqueño, en la vereda El Tambo del municipio de La Ceja.

Jamás creí que enfrentaría las llamas infernales de un incendio forestal sin control junto a funcionarios públicos, policías y cuerpo de bomberos en este valle, que es el cielo para muchos de nosotros, pero así fue. Aquí les cuento la hazaña:

A pleno medio día, mientras llegaba a mi casa, noté una humareda en una de las montañas por las que más me gusta caminar. Rápidamente tomé mi bicicleta y me dirigí rumbo al origen, con hambre, con mucho calor, pero con la suficiente curiosidad como para aguantar un ratico más.

A medida que me acercaba, me di cuenta de que el incendio era más grande de lo que parecía desde lejos y que los lugareños estaban realmente preocupados comentando sobre la ignorancia del posible culpable.

Llegué a los pies del cerro que se quemaba, un bosque primario muy tupido de vegetación muy variada, con una alta presencia de especies forestales nativas de alta montaña, y caminé hasta sus llamas.

Habían cinco bomberos, tres lugareños y un policía parados mirando cómo el viento hacía que el fuego se esparciera sin piedad por el verde de la montaña. Según ellos no había nada que hacer en ese momento, porque ya habían intentado un cortafuego que no dio resultado.

Y llegó el momento de la angustia, de una impotencia aguda, de hacer algo en medio de ese pasmo, de ese ocio inducido: reportar el suceso por las redes sociales, ya que de algo han de servir aparte de lo mismo de siempre.

Fue así como varios amigos comenzaron a preguntar y, más tarde, a llegar junto a más personas a ofrecerse como voluntarios; algunos con herramientas como azadones, palas, rastrillos, machetes y otros simple pero acertadamente, con las ganas de apoyar.

A medida que el incendio se hacía más grande y no sabíamos muy bien qué hacer, también el grupo de “héroes anónimos” crecía. A la vez, llegaban voces líderes a ordenar sobre la manera de actuar frente a la situación.

En ese momento me sentí más tranquilo al ver cómo se armaron dos grupos de diferentes entidades, tanto privadas como gubernamentales, además de la gran mayoría que éramos “civiles”. Allí no importaba procedencia, uniforme, acento o credo. Estábamos unidos por el llamado de una montaña en aprietos, todos éramos uno, ni más ni menos.

Fotografía: Chris Blau.

Y aquí comienza lo bueno:

Hacer parte de un gran equipo de trabajo con un objetivo concreto: rodear un bosque en llamas abriendo una franja lo suficientemente ancha como para que el fuego una vez llegase hasta allí, no se siguiera extendiendo.

¡Y hágale mijo! Como un obrero más, que trabaja el jornal por un pago distinto al de siempre. No había tiempo para las diferencias, solo para los hechos y el ejemplo. El monte estaba espeso, pero nada que a punta e’ machete no pudiera solucionar. Nuestro indicador fue el viento, porque si soplaba a nuestro favor, el humo nos podía ahogar en cuestión de segundos y cada que esto sucedía, debíamos acostarnos en el suelo a respirar o incluso, huir corriendo cuesta abajo.

Aunque yo no estaba equipado para realizar dicha labor, pues me encontraba de pantaloneta y tenis porque estaba en casa muy tranquilo listo para almorzar, me sentía muy capaz y seguro, sin contemplar siquiera la imposibilidad de lograrlo. Y todos estábamos tan convencidos de eso, que simplemente lo entregamos todo para que se manifestara una solución pronta y concisa.

Así es como, al son de las impredecibles corrientes de aire danzando con el humo denso y la música del bosque ardiendo, fuimos avanzando sin prisa pero sin pausa por todo el filo del límite humano, a paso lento pero agigantado.

Les confieso que, en un momento, pensé que no volvería a casa esa noche. Y por eso llamé a la mujer que más amo, mi raíz, mi inspiración, mi diosa de carne y hueso: mi madre. Luego de lo cual quedé más tranquilo y ahora con el objetivo también de regresar entero a verla a contarle todo el suceso, siempre y cuando la madre pacha me lo permitiera, por supuesto.

¡Pero esto aún no termina, el sol no perdona y la montaña es grandísima! Cada quien hace lo que puede, algunos con su experticia protegen al resto con sus recomendaciones, mientras otros a veces, nada que pareciera ayudar, incluyéndome.

Hasta ahora tenía un palín con el cual ayudaba a sofocar los pequeños focos de brasas, ahogándolos con tierra; pero luego relevé a un compañero con su machete, instrumento que, a mi modo de ver, exige más atención y destreza en vez de fuerza, sobre todo si está bien afilado.

De repente, y luego de un buen rato de abrir camino a la cabeza del grupo, vi como se ve la luz al final del túnel: otro hombre con un machete viniendo en sentido contrario justo hacia mí. ¡Los dos grupos nos encontramos, el fuego está contenido, las brechas ahora son una y el trabajo duro está hecho!

Cada vez veo más personas colaborando, varios conocidos y otros que apenas veía por primera vez aunando intenciones, dándonos cuenta de que, a pesar de los pronósticos, cualquier cosa que nos propongamos como comunidad es posible siempre y cuando sea con todo el amor y la aceptación de lo que somos: nuestros aciertos, pero también nuestros errores.

Y bueno, hay poco más que decir, la moraleja de este relato la puedo escribir, pero si no la construimos desde nuestros actos de conciencia con nuestro entorno (sean cual sean las causas de las diversas catástrofes que nos aquejan hoy en día como humanidad) se queda inerte en este papel (y eso, que si algún día se logra imprimir para que alguien lo pueda leer). Porque la otra cara del final apocalíptico es una nueva oportunidad, un génesis, un nuevo principio.

Más que apagar el fuego, pues la fuerza de la naturaleza es incontenible cuando quiere y más si es así de improvisto, nos aseguramos de que no se expandiera más de las aproximadas dos hectáreas que se calcinaron completamente.

Ese día, fue un día distinto como todos los que vienen, pero mucho menos frío. A veces necesitamos del fuego para hacernos ceniza y resurgir, sobre todo en esta época de tantas noches sin pasión.

Nos sobran muchas palabras volátiles, nos hacen falta más hechos concretos, dejarnos quemar de las utopías más fantásticas, pero sin bloqueador.

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Un comentario de “Crónica de un incendio anunciado: un relato para la protección de nuestros pulmones verdes: los bosques nativos

  1. Paola Milligan dice:

    Gracias a la audacia del relato y a su autenticidad como experiencia por propiciar un deseo de servicio hacia nuestra comunidad, hacia nuestros pueblos y coadyuvar juntos por sus necesidades.
    En tiempos de pandemia este mensaje de solidaridad es una muestra clara de que la única manera de proponer y hacer que nuestra realidad goce de una calidad de vida que cubra con las mínimas necesidades humanas es colaborandonos los unos con los otros.
    Gracias al autor ademas por proponer una temática preocupante como son los incendios y el daño medio ambiental que provocan y por visibilizar lo que a muchos nos cuesta entender: la importancia de nuestros bosques y nuestros recursos naturales y la obligación que tenemos al protegerlos.

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