Perspectivas desde la tierra

Ilustración: Felipe Rúa. | Colectivo Buena siembra.

Por: Juan Santiago Gómez.

Según un informe del año pasado de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el hambre en el mundo está en aumento. Luego de un decrecimiento de las cifras desde el 2010, han vuelto a ascender desde el 2018 y para este momento se estima que más de 821 millones de personas en el mundo padecen esta atroz situación, además de haber unas 2000 millones en riesgo de padecerla (FAO, 2019). Paradójicamente, estas condiciones se dan mientras el planeta está en capacidad de alimentar a los diez mil millones de personas que se proyecta que habrá para el 2030 (Altieri, M; Nicholls, C. 2012). ¿Por qué se da esta contradicción? 

Desde la Conferencia Mundial sobre Alimentación, en el 74, se viene hablando de la “seguridad alimentaria”, un concepto diseñado para definir una situación ideal de acceso a los alimentos y para proyectar estrategias que combatan el hambre en el mundo. Sin embargo, con el ascenso despótico del neoliberalismo desde los años 80, además de la mercantilización de todos los aspectos de la vida sobre el planeta, la producción de alimentos quedó también feriada en el juego de las fluctuaciones comerciales internacionales, profundizando la desigualdad pretendidamente justa y racional en las dinámicas de la división internacional del trabajo, en la que los países “en vía de desarrollo” deben producir insumos y alimentos para el mercado internacional, exportando a bajos precios a la vez que importan a precios altos. Esta es una situación de larga data, sin embargo. 

En Colombia, “desde mediados del siglo XIX, las divisas nacionales son obtenidas principalmente a través de venta al exterior de un producto agrícola” (Tirado, A; 1998) (la cursiva es mía), sea quinua, tabaco, añil, café o aguacate, siempre bajo una situación desigual, y más recientemente, aunque ya no bajo la misma desigualdad, de la coca, por la que para el 2001 aproximadamente el 42% de las mejores tierras del país se las habían apropiado las mafias (Kay, C; 2001).  Bajo este signo, poco a poco se han ido debilitando las economías locales de los países del tercer mundo, que no pueden competir con las grandes producciones hipertecnificadas del primero. La seguridad alimentaria, como una situación de acceso permanente a alimentos inocuos (FAO, 1996), necesita, ¡al menos!, una economía que permita salarios de subsistencia básica, algo que no pasa en gran parte de América Latina.  Parece entonces inalcanzable en estas circunstancias, pese a que la producción agrícola en el mundo sea suficiente y hasta excesiva: para el 2012, el 78% de los niños malnutridos del tercer mundo vivían en países con excedentes de alimentos; asimismo, ⅓ de los alimentos producidos por año en el primer mundo se desperdician, aproximadamente 1,3 millones de toneladas de alimentos que podrían alimentar suficientemente a África (Altieri, M; Nicholls, C; 2012).

Las consecuencias que se pueden prever de esta situación de flagrante desigualdad son muchas, basadas en la experiencia del pasado: mortalidad infantil, subnutrición de las bases sociales, violencia, etc. Sin embargo, pese a estos contundentes hechos, no parece que las formas de examinar la situación y las fórmulas que se aplican para contrarrestarlas hayan cambiado en la actuación de los organismos que en congresos, foros y publicaciones cacarean como altruistas tecnócratas. Las promesas que la revolución verde enunció hace 60 años no se han cumplido; el hambre continúa azotando más o menos a los mismos y, además, la desigualdad en la propiedad de la tierra en el mundo se ha profundizado de cuenta de las grandes explotaciones, dedicadas en su mayoría a monocultivos para la producción de biocombustibles y alimentos para animales. Hasta el 2015, se estimaba que 30 millones de hectáreas de tierra habían sido acaparadas para estos fines, principalmente en lugares con alta desnutrición (Vía Campesina, 2017). Esta realidad que nos enfrenta, porque podemos apreciarla como un escenario que se nos ha impuesto autoritariamente, resulta de la confluencia de múltiples factores con consecuencias que laxamente vamos a revisar.

El boom urbanizador de mediados del siglo pasado atrajo a millones de campesinos a las ciudades que ofrecían mejores salarios y oportunidades de desarrollo personal. Además de incrementar las presiones en la demanda de alimentos, esto significó una carga mayor para los campos que se habían quedado parcialmente despoblados. La respuesta que se dió a esta problemática implicó una tecnificación de la agricultura nunca antes vista. La ciencia -imaginémosla aquí bajo la imagen cliché pero acertada de científico loco, a lo Dr. Strangelove- ofreció máquinas y químicos pensados para incrementar la producción sin considerar mucho las consecuencias a largo plazo. Una actitud que antes que revisarse, criticarse y transformarse, la vemos reencauchada en los científicos actuales con sus azarosas innovaciones biotecnológicas. Estas nuevas tecnologías agrarias que se propusieron como medios para aumentar la producción de los alimentos que demandaban las crecientes urbes, fueron implementadas en todos los países agroproductores. En los llamados países “en vía de desarrollo” se aplicaron de la mano de créditos y asesorías técnicas, por ejemplo las proveídas principalmente por Estados Unidos en el marco de la Alianza para el Progreso, que buscaban disuadir a los campesinos latinoamericanos de seguir el ejemplo de la Revolución Cubana. 

En Colombia, durante el primer gobierno del Frente Nacional, en cabeza del presidente Guillermo León Valencia, se comenzaron a implementar las ayudas técnicas que el gobierno norteamericano dispensó a los latinoamericanos; esto significó la adopción de un modelo de agricultura industrializado basado en el uso de fertilizantes y plaguicidas químicos, la explotación intensiva de monocultivos, el asesoramiento técnico de especialistas y la repartición de tierras a campesinos mediante una fracasada reforma agraria que tan solo llegó a influir en menos del 2% de la tierra agrícola del país (UN Televisión, 2017).  Sin embargo, pese a la inefectividad de la reforma, los repartos de tierras y la organización campesina que estos requirieron, suscitaron la inveterada respuesta violenta de los terratenientes del país, desembocando en una fuerte lucha de clases en el campo colombiano, que facilitó el escalamiento guerrillero de las siguientes dos décadas. 

Este contexto ya tenía varios antecedentes en la historia del país; a vuelo de pájaro podemos recordar la violencia precipitada por la liberación para la venta de las tierras de la iglesia durante el gobierno radical del general Mosquera en el siglo XIX o la que suscitó la Ley 200 del 36 enmarcada en la Revolución en Marcha del presidente López Pumarejo.

La tierra, que es sustento y sentido de las culturas, ha sido un asunto caliente en la historia de nuestro país y la de nuestro continente. No solo de allí se obtienen los alimentos sino la memoria cultural que mantiene estrecho y sólido el tejido social. En nuestros Andes, la labor productiva de los agricultores es el fundamento de toda sociedad y gobierno (Rivera Cusicanqui, S; 2010), matriz de las cosmogonías que relacionan íntimamente a los pueblos con sus territorios. Sin embargo, bajo la perspectiva mercantil de nuestra sociedad, la tierra es solo otro bien de consumo a merced de las manipulaciones tecnocráticas que buscan incrementar su eficiencia, desconociendo sus procesos intrínsecos y las implicaciones ecológicas que conlleva alterar su equilibrio, como ha sucedido en las últimas décadas por el uso excesivo de agrotóxicos y su explotación intensiva. 

Durante el último medio siglo la fertilidad de los suelos de explotación agrícola ha disminuido drásticamente; basta con observar los cultivos de ladera periurbanos, donde al color negro de la tierra fértil lo han reemplazado ocres y amarillos arcillosos donde crecen las plantas esforzadamente en medio de una desoladora esterilidad. Como respuesta a la consecuente baja de productividad de la esterilización de los suelos, la agricultura formalizada por la técnica metropolitana ha respondido con un incremento en el uso de agroinsumos y plaguicidas (una racionalización verdaderamente estúpida del problema, como si la profundización en las causas pudiera revertir las consecuencias) que, especialmente en los países “en desarrollo”, va en aumento, lo que no solamente afecta de gravedad a los agroecosistemas, debilitando la diversidad natural de la microbiología del suelo y de todos organismos relacionados ecológicamente con ellos, como insectos y pájaros, sino que además está contaminando las fuentes subterráneas de agua y también está tejiendo una intrincada red de insalubridad entre los agricultores y sus familias y los consumidores. 

Anualmente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que se da 1 millón de casos de intoxicación y 20.000 muertes por el uso de agrotóxicos, casos relacionados principalmente con el establecimiento de monocultivos. Sin embargo, se puede presumir que las cifras son aún más altas. La pobre presencia de los sistemas de salud en el campo y los tratamientos domésticos que aplican los agricultores sobre sus dolencias, sugiere que existe un preocupante subregistro (Guzmán, P; Guevara, R; Mancilla, O; Olguín, J; 2016). 

El uso de plaguicidas organoclorados, bifenilospolicrorados, dioxinas, detergentes y plastificantes en los que se encuentran químicos con actividad estrogénica y antiandrogénica, están enfermando a los usuarios campesinos de hepatitis, malformaciones congénitas, depresión, tumores cerebrales, leucemia y varios tipos de cáncer, según estudios citados por Guzmán (et al, 2016). Estos tóxicos presentes en los insumos agrícolas, como los clorpirifos, por ejemplo, tienden a bioacumularse en los pastos de forrajeo y subsecuentemente en los animales que se pastorean allí (Márquez et al, 2010), pudiendo resultar trazas en la leche materna por su lipoafinidad, como arrojó un estudio realizado en el Oriente antioqueño (artículo de prensa, UdeA Noticias; 2016). Con todo, y como se dijo más arriba, en los 60 años de uso intensivo de estos agrotóxicos no deja de aumentar su consumo hasta nuestros días. Pero es que esta no solo es la respuesta “altruista” de los tecnócratas para los problemas del hambre en el mundo, sino que además, o principalmente, es una industria multimillonaria que recauda anualmente más de 54 mil millones de dólares para las 6 empresas que controlan todo el mercado mundial y que en los últimos años han pensado fusionarse para garantizarse el monopolio absoluto (Vía Campesina; 2017).

Por otra parte y según el mismo paradigma productivista de la agricultura convencional, se han propuesto las tecnologías transgénicas como un recurso para hacer más resistentes las semillas al ataque de plagas, para aumentar los niveles nutricionales de los alimentos o para la extracción de proteínas alergénicas en algunos. Si bien estas tecnologías pueden aportar evidentes ventajas en la agricultura y otros campos de la biología y la medicina, también es susceptible de críticas que no deben ser desoídas como meras rabietas ideologizadas, así como pretenden algunos investigadores. Los organismos genéticamente modificados incurren en riesgos para la salud humana que no por su baja posibilidad de manifestarse significa que no existen, como por ejemplo su potencial alergénico, la transferencia genética de resistencia a antibióticos a algunos microorganismos del tracto digestivo, la alteración de los niveles nutricionales o la acumulación de metabolitos tóxicos (Acosta, O; 2002). 

Por otro lado, los cultivos transgénicos, principalmente monocultivos, son cada vez más dependientes de pesticidas, porque las semillas alteradas, sin posibilidad de cruzarse, no generan resistencia a sus atacantes. Así se alimenta el círculo vicioso de consumo de agrotóxicos mencionado más arriba, sin garantizar eficientemente la producción de alimentos, ya que, según estudios (Altieri, M; Nicholls, C; 2012), la tasa de incremento de la producción de cereales en el mundo está alcanzando el punto de los rendimientos decrecientes; además, los organismos genéticamente modificados afectan contundentemente la diversidad biológica de los agroecosistemas que, durante miles de años, han subsistido y se han adaptado mediante cruzas en las diferentes variedades de plantas cultivadas, un proceso natural y cultural que los transgénicos no permiten. 

Como respuesta a esta problemática múltiple que venimos esbozando han surgido alternativas desde los campos. Desde principios de los noventas, los movimientos campesinos han emprendido una difícil pero esperanzadora labor en el mundo, luego de quedar marginados como actores de la discusión sobre las políticas productivas que se dieron desde los organismos internacionales, negándose a ser solamente pacientes de las disposiciones que aquellos decidieron unilateralmente. El concepto de la ‘seguridad alimentaria’ propuesto por la FAO pasó de largo sobre las demandas de tierra y justicia en el campo que durante décadas han levantado los campesinos, habiéndose enfocado únicamente en un acceso a los alimentos que no se pregunta por qué relaciones sociales se establecen en su producción. Esta visión reificada de la tierra excluye el papel de los campesinos como guardianes de los sistemas de conocimiento y las prácticas tradicionales de la agricultura que funcionan en acuerdo y equilibrio con el orden ecológico de la madre tierra, vistos solamente como una clase social anacrónica y descartable, reemplazable con la tecnología. Es por esto que desde la confluencia de los movimientos campesinos del mundo, cristalizada en la Vía Campesina, se propuso en el 2001 el concepto de ‘soberanía alimentaria’, una propuesta que reivindica el papel histórico de los campesinos, la protección de la diversidad agrícola, de la tierra, del agua y de los territorios, planteando una discusión integral sobre las consecuencias del modelo económico imperante (Manzanal, M; González, F; 2010). 

Bajo esta visión, el acceso a la tierra no es una cuestión de dádivas otorgadas mediante créditos o concesiones gubernamentales, sino un derecho inalienable de los pueblos. El acento sobre el fortalecimiento de las economías locales como medio de paliar el hambre y la desigualdad en los campos, va en contravía al de la producción de alimentos para el mercado internacional, vulnerable a las caídas de precios, muchas veces de manufactura evidente, o de maniobras mezquinas de boicoteo a las economías mediante el “dumping”, una práctica común que consiste en inundar a los países en desarrollo de los excedentes de producción agrícola, para así quebrar sus precios y poder controlar los mercados internos, haciéndolos dependientes de la importación. La agroecología, que es un hermoso concepto donde la agricultura y el equilibrio ecológico conviven, se ha vuelto una alternativa al de seguridad alimentaria, integrándolo y rebasándolo (Rosset, P; 2005), con el potencial de garantizar una agricultura biodiversa, resiliente, sostenible y socialmente justa. Según citan Altieri y Nicholls (2012), el primer estudio global de proyectos agroecológicos demuestra un incremento de entre 50 y 100% en la producción de cereales, lo que se puede comprobar sencillamente trabajando en una huerta, donde la tierra recuperada produce plantas sanas que no son tan atacadas por la plaga.

Concluyendo, podemos sugerir que el hambre no es una fatalidad de la condición humana sino la consecuencia de un modelo injusto sustentado por discursos taimados sobre la tierra y la alimentación. La soberanía alimentaria ha aparecido como una opción de pensamiento práctico que ofrece explicaciones al hambre y a la desigualdad en la propiedad de la tierra, movilizado por unas prácticas que cualquiera puede llevar a cabo en una pequeña parcela. Con su alternativa agroecológica los rendimientos en la producción no hacen sino aumentar a medida que la tierra se recupera, procurando mejores ingresos a los campesinos que venden sus productos en mercados locales, diversificando su dieta y paliando los efectos del cambio climático. Los alimentos baratos (no dependientes de los costosos y dañinos agroinsumos), nutritivos, saludables y seguros que se producen bajo este enfoque son un regalo de la tierra para aliviar el hambre que azota a los pobres y reducir, por poner un ejemplo, aquella paradoja de la malnutrición en la que los niños están desnutridos y los adultos obesos en los hogares pobres de los «países en desarrollo» (Borda, M; 2007). El problema del hambre y la desigualdad no pueden ser resueltos bajo el modelo actual, ya se expusieron algunas evidencias. Pensar con los movimientos campesinos el acceso a la tierra y una alimentación soberana es un primer cambio en la mentalidad que lastima nuestras relaciones y nuestra propia salud. 

Para finalizar, podemos animar a quien lea a meter las manos en la tierra, a observar con humildad sus procesos e interrelaciones, en fin, a sembrar. Así comenzamos a cambiarnos y a cambiar el mundo.

Conclusión:

Ahora que para nuestro territorio se ha declarado un plan de desarrollo agroindustrial, con los taimados plumazos, además de miopes, de los politicastros locales y regionales, urge examinar estos datos que hemos enunciado y pensar si realmente queremos un modelo que va a profundizar el despojo solapado que sufren los campesinos del Oriente antioqueño con los altos impuestos prediales, con la gentrificación del campo, con la implantación de grandes monocultivos (sabemos ya que absolutamente dependientes de agroquímicos), con el acaparamiento de tierras para estas explotaciones (que en nuestra memoria sabemos que no es por las buenas). Quizás ha llegado un momento de inflexión para nuestro territorio, en el que el monstruo voraz del ‘desarrollo’, el lobo con lanas de cordero mal pegadas en el cuerpo, llega para transformar, ahora definitivamente, nuestros paisajes y relaciones. Si en el Altiplano quedan pocas aguas y bosques (ahí tienen el inaguantable chiste de la «Provincia de aguas, bosques y turismo»), si los proyectos de explotación de las fuentes hídricas no cejan, ¿qué quedará cuando se arrase el monte para el agronegocio, para la exportación?. Todos somos campesinos y agrodescendientes, esto nos debe importar.

Por los derechos de la Madre Tierra, por el derecho a la vida, a la autodeterminación de los pueblos, al alimento sano y comercializado justamente:

¡Campesinos del mundo, uníos! ¡Hasta la victoria, siembren!


Referencias

Rosset, Peter. (2003). Food Sovereignty: Global Rallying Cry of Farmer Movements. Institute for Food and Development Policy Backgrounder,  9, 4. Soberanía Alimentaria: Reclamo Mundial del Movimiento Campesino, Peter Rosset. Traducido por Adriana Latrónico y María Elena Martínez 

Altieri, M.A; Nicholls, C.I. (2012). Agroecología: única esperanza para la soberanía alimentaria y para la resiliencia socioecológica. Agroecología, 7, 2,: 65-83.

Manzanal, M; González, F. (2010). Soberanía alimentaria y agricultura familiar. Oportunidades y desafíos del caso argentino. CONICET

Vía Campesina. (2017). Las luchas de la Vía Campesina por la reforma agraria, la defensa de la vida, la tierra y el territorio.

Tirado, A. (1988). Introducción a la historia económica de Colombia. El Áncora Editores, Bogotá. 

Rivera, S. (2010). Ch’ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos decolonizadores. Tinta Limón, Buenos Aires.

Márquez et al. (2010). Estudios de la absorción y distribución del clorpirifos en plantas de pasto Kikuyo (pennisetum clandestinum Hochst-ex chiov.) cultivadas hidropónicamente. Revista colombiana de ciencias pecuarias, 23 (2). Medellín.

 Salazar, G; Kay, C. (2001). Estructura agraria, conflicto y violencia en América Latina. Revista Mexicana de sociología, 6 (4),159-195.

Borda, M. (2007). La paradoja de la malnutrición. Salud Uninorte, 23 (2) 276-291 

Acosta, O. (2002). Riesgos y preocupaciones sobre los alimentos transgénicos y la salud humana. Revista Colombiana de Biotecnología, 4 (2) 5-16

García, S. (2016). Alerta por uso excesivo de plaguicidas en el Oriente Antioqueño. Udea Noticias. http://www.udea.edu.co/wps/portal/udea/web/inicio/udea-noticias/udea-noticia/!ut/p/z0/fYwxC8IwEIX_ikvHkFhr1LE4COLgINJmkSMJehpzbZOW_nxTHcTF5Xjv8d3HFa-48jDgFSKSB5d6reRlvdnm87IQByELKUp5LJarfLc4nQXfc_UfSAa8t60qudLkox0jrxrqIrjeWMgEhN92o6f95OnOPEXUCCET72-PhibqOwfSaA2YtDqbRKwPxOyobcCBWOPg2ifSQGDUoU0K3jxU_QJL1VQs/

UN Televisión. (2017). El problema de la tierra. https://www.youtube.com/watch?v=NU1UpeqntSI

Guzmán, P. et al. (2016). Perspectiva campesina, intoxicaciones por plaguicidas y uso de agroquímicos. IDESIA, 34 (3) 60-80

FAO. (2019). El hambre en el mundo sigue aumentando, advierte un nuevo informe de la ONU http://www.fao.org/news/story/es/item/1152167/icode/

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