Habitar LGBTI, la imposibilidad de descubrirse en libertad

Por: Joaquín.

Cuando pienso en los discursos de lucha alrededor de lo LGBTI, no puedo dejar de relacionar la ausencia de garantías, espacios o motivación, necesarios de reivindicar en el municipio de San Francisco, donde es lamentable escuchar inesperadamente expresiones como: “es que ser gay no está mal, sólo que esas locas bota plumas son muy alzadas, uno no les puede decir nada porque mejor dicho” o “pues ,es lindita, pero qué asco, ¿ustedes se imaginan uno por ahí borracho y terminar con ese payaso en tacones?”

A esto se suman cantidades de situaciones y conversaciones escuchadas por error en alguna calle, empujones acompañando la frase ‘quebrate galleta’ que como cualquier manifestación legitimada en la violencia, pasa desapercibida simulando un juego de panas. ¿Cómo no sentir tristeza sumada a rabia e indignación? ¿En serio hay seres tan insensibles que llegan a decir y propinar tales ofensas tranquilamente, sin que se haga algo al respecto? Lastimosamente sí, y es el pan de cada día para muchas y muchos: comentarios denigrantes y desprevenidos que evidencian una homofobia viva y descarada, además del desconocimiento de esas otras formas de habitar los cuerpos. Comentarios y acciones que suman, escalan y se normalizan, pero que sin discusión alguna, sobran en nuestras cotidianidades; y, aunque el código penal colombiano en su artículo 134B, impone prisión y multas a quien hostigue o promueva actos y comportamientos que dañen física o moralmente por razones de sexo, orientación sexual u otras formas blancos de discriminación, la institucionalidad poco hace por cambiar los patrones machistas y violentos que permiten y forman personas dispuestas a lanzar tan desagradables actos y percepciones.

Suena horrible y arcaico, y en nuestro Oriente antioqueño querido se escuchan cosas así día tras día; expresiones reprochables, desatinadas y ofensivas que responden a una lógica de odio segregante, catapultado en el menosprecio y la manipulación con la que instituciones estatales en un sistema capitalista como el nuestro -violento e insostenible-, abrazan a las gentes solo cuando necesitan vender o explotar. Dicen que respetan todas las formas de existir y que importan todas las personas, pero ante la necesidad de que no se discrimine o de que en las familias se sensibilice al respecto, responden con una simple imagen publicada en Facebook haciendo alusión al día del orgullo, lo que no está mal, pero ¿qué es en concreto lo que está quedando en los planteamientos del gobierno local? O mejor ¿qué es lo que verdaderamente están proponiendo, ejecutando o planeando para reconocer y apoyar a la población LGBTI en los municipios del Oriente antioqueño? Porque si vemos en el Plan de Desarrollo Municipal de San Francisco 2020-2023, las palabras lesbiana, gay, bisexual, transexual, intersexual u otras similares no aparecen por ninguna parte. Al parecer para la administración “San Francisco, Es tiempo de crecer” basta con nombrar tres veces las palabras “diversidades sexuales” y con eso ya está resuelta la cuota, porque a ver, yo sí intento ser optimista, pero si se tardaron ocho meses para nombrar una persona que se dedique exclusivamente a asuntos de juventudes ¿cuánto tendremos que esperar para que incorporen verdaderamente lo relacionado a necesidades LGBTI? No quisiera tener que ver ni en San Francisco ni en ningún otro lugar, una violencia escalando a tal magnitud como lo sucedido en Sincelejo, donde a Luis Fernando Álvarez de tan solo 17 años, le cortaron su brazo con un machete después de muchos comentarios, hostigamiento e intimidación perpetuados por también menores de edad en su municipio. Un comentario a veces nos parece un juego sin consecuencias, pero lamentablemente tenemos este ejemplo, donde se normalizó una violencia verbal que era constante, y aumentó hasta ser una tragedia. 

Mientras las instituciones y gobiernos no se dispongan de forma real para acabar con la discriminación, habitar LGBTI seguirá siendo una resignación o la gallardía de enfrentarse a quienes violentan.

La historia lo ha mostrado, y ojalá la ausencia de espacios, motivación o garantías no continúe siendo un esperar, y esperar, y esperar. O bueno, exigir y exigir, porque es lo que hacemos y así es como hemos logrado el poco respeto que tenemos. Es desgastante y da mucha impotencia, que para que nos respeten y nos permitan participar, tengamos que hacerles la tarea: llevar, discutir, investigar, exigir lo que en sí deberían estar pensando porque para eso se pagan, y para eso les elegimos. Aunque desde los años 40 en Colombia han existido grupos organizados desde la clandestinidad como por ejemplo los felipitos o, en los 70 el naciente Movimiento por la liberación homosexual, hoy, en 2020, aún parece que no existimos del todo en esta sociedad jerárquica y mojigata.  

Somos personas iguales como cualquiera y ojalá no nos tuviésemos que categorizar para exigir tratos diferenciales, respeto, o peor aún, garantías para seguir existiendo, porque a pesar de que nos encantaría vivir nuestras cotidianidades comunes y corrientes, nos hemos visto en la obligación de exigir, “hablar fuertecito” y en ocasiones huir para poder hacer nuestras vidas lo menos traumáticas posible. Pero bueno, dirá alguien que también está la posibilidad de seguir los roles que ya están dichos: vestirse así, caminar de tal forma, moderar la voz, rezar aquí y arrepentirse allá, unos pasos ya establecidos que nos han impuesto desde siempre. Pasos que lamento y reprocho, pues hay una gran cantidad de experiencias en las que esto ha hecho seres incómodos con sí, o insatisfechos de por vida. No sé ustedes, pero yo no veo violencias comparables con no poder descubrir y conocerse cada día en la libertad de los propios sentires y pensamientos. Es como si la constitución política en sus artículos 13, 15, 16, 18, 19, 20 y todos los que a libertades se refiere, estuviesen siendo pasados por la galleta. 

Reprocho tajantemente, que existiendo la ley 133 de 1994, ratificando a Colombia como un país laico, la sentencia C-577 de 2011 exhortando al congreso a legislar sobre el matrimonio de parejas del mismo sexo, y el 20 de junio de 2013 haciéndose real, en la ciudad de Cartagena, en agosto de 2020, un juez se opusiera al casamiento de Yulieth y Alejandra, manifestando que ‘prefiere agradar a su señor Dios todopoderoso antes que al ser humano’. ¿Cuánto más se empecinarán en rebajar y pisotear nuestros derechos? No es justo, y aunque cansadas y cansados, seguimos persistentes a la equidad y la exigencia de ser iguales ante la ley. 

En algún momento alguien me dijo que si no dejamos de joder solo por cómo nos vamos a nombrar, no vamos a tener verdaderos cambios, que la educación, la salud y otras cuantas muchas faltantes, quedaban ausentes en las reivindicaciones identitarias. Bueno, además he de confesar que alguna vez también así lo mencioné yo mismo, pero es que no entendía que si no logramos nombrarnos en la homosexualidad, seguiremos escuchando profesores en las escuelas tratándonos en perversión y desviaciones infernales, asumiendo que todas y todos somos heterosexuales en las aulas de clase; no había pensado, que si no exigimos que nos nombren como trans, cuando vamos a una consulta médica seguirán pasando por encima de la decisión por ser él en lugar de ella; no tenía claro, que si asumo ser lesbiana tendré que recibir las mismas clases de educación sexual, que de por sí son mediocres, pero se explican sólo y siempre desde la heterosexualidad, en cómo un hombre penetra a una mujer con el mismísimo único fin de procrear y hasta ahí llegó el cuento. 

A ver, ¿quién dijo que con lo anterior no estábamos buscando los cambios necesarios y los derechos merecidos con relación a la educación, a la salud, y a otras tantas intenciones por expresarnos o liberarnos de culpas impuestas? El hecho de que en Argentina, a Emiliano Ivaldi, según él mismo en sus redes sociales: le rechazaran una donación de plasma para fines médicos, con la mención de que “las prácticas sexuales eran muy diferentes” argumentando con una teoría que según investigaciones personales de Emiliano, fue modificada de la ley de donación de sangre precisamente por su connotación discriminatoria y prejuiciosa, es el ejemplo vivo e indiscutible de que el reconocimiento y poder nombrarse libremente como homosexual, transexual o intersexual, es necesario para que las violencias y los tratos grotescos que se reciben con frecuencia, empiecen a cambiar y nadie se crea con la potestad de menospreciar y atacar la dignidad de alguien.

En la constitución política de Colombia, señalando el derecho a la educación (artículo 67)  dice explícitamente ‘La educación formará al colombiano en el respeto a los derechos humanos, a la paz y a la democracia’, así como también ‘(…) y asegurar a los menores las condiciones necesarias para su acceso y permanencia en el sistema educativo’, ¿y qué tiene que ver esto con ser LGBTI? En San francisco mucho, porque aquí viene otra anécdota: alguna vez regresé al colegio donde me gradué para expresar mi descontento con que un profesor le enseñase a alumnas y alumnos sobre la homosexualidad equiparada a la zoofilia, pedofilia y otras, me respondieron que cada profesor tenía la libertad para enseñar como le pareciese. ¡Por favor! Ha pasado un tiempo y no me lo puedo creer aún. ¿Saben quién me respondió eso? La psico-orientadora de la institución. Es completamente insensato, que a pleno 2020, aún haya profes que se paran en sus moralidades discriminantes y violentas dizque para formar el futuro del país, cuando parece que buscasen lo contrario, retroceder quién sabe cuánto tiempo en la historia de la humanidad. ¿Acaso puede ser la discriminación una condición necesaria para permanecer en el sistema educativo? ¿O será discriminando como se respetan los derechos humanos, la paz y la democracia? Esto no sólo pasa por encima del derecho a la Educación, que viene siendo uno de los tantos derechos desdibujados por el actuar de planteles educativos como el de San Francisco, también por el decreto 410 de 2018 modificador del 1066 de 2015 con un capítulo completo a ‘Prevención de la discriminación por razones de orientación sexual e identidad de género’. Perturbador.

Entre tantas situaciones insensibles que he experimentado en el pueblo, también recuerdo muy bien cómo una persona enviada desde la Gobernación de Antioquia para hablar de poblaciones LGBTI con enfoque de Derechos Humanos, ‘capacitó’ con expresiones como “no por ser lesbiana hay que vestirse como un machito”, refiriéndose a una amiga que nunca había hablado de su sexualidad y estaba ahí para empezar a reflexionar e indagarse al respecto. Lo que sucedió fue que después de ese fallido intento por crear un grupo LGBTI en el municipio, nadie quiso regresar. Claro, luego preguntaron que porqué no se dejaban ayudar, que estaban los espacios, pero no había participación ¿alguien querría volver a este tipo de procesos? Yo no, nunca. 

Y es que todo viene de instituciones que no desempeñan bien su labor y casi por consiguiente vienen cotidianidades desesperantes y molestas, a veces las nombramos como bobaditas, pero son una y otra, y una más cada vez. Y es que vivir así cansa, cansa mucho escuchar tipos en las calles gritándole “mariquita” o “partite galleta” a parceritos que van caminando tranquilos a lo que sea que vayan; y es que de verdad, con mucha rabia y paciencia de por medio, pregunto: ¿qué es lo que les afecta con el simple caminar de alguien? ¿Qué es eso que les hace convulsionar la fragilidad de ese machito exteriorizado con el que pavonean entre amigotes en las esquinas? ¿Cómo puede sentirse uno cuando un grupo de sujetos está gritándole cosas cuando pasa? Y sí, ellos responden con insultos y ‘no se la dejan montar’, pero es muy molesto, y nadie, NADIE tiene por qué aguantarse esto. Ni esto, ni las homilías homófobas en la iglesia, ni el comentario mal intencionado de la tía, ni la risa del hermano, ni nada que tenga que ver con ridiculizar u ofender a alguien porque le guste otra persona del mismo sexo o transite cambios corporales para estar más a gusto con sí. 

En ocasiones he mencionado que en lo personal, frecuentemente no me he sentido intimidado, violentado, atacado directamente o he vivido una experiencia que me genere molestias constantes al recordarlo, pero eso no quiere decir que no tenga inconformidades por manifestar o reflexiones al respecto. Y es que me entristece, me entristece mucho saber que si vivo en San Francisco no sea aquí mismo donde pueda generar las reflexiones y los espacios que me hagan sentir seguro con las exploraciones que siento necesarias, y por el contrario, tenga que irme a la Universidad, colarme en clases con temáticas queer, leer e investigar por mi cuenta, indagar como pueda en mis propias sensaciones, sentimientos y pensares sobre mí y con quién o cómo me enamoro, además de refutar un constante recordatorio social hacia la heterosexualidad como norma y como única manera. 

Me entristece mucho saber que para encontrarme conmigo, para ser determinado en mi sentir y explorar lo que me ha venido en gana, haya tenido que hacerlo en otro lugar, en una ciudad donde no crecí, donde no tenía amistades de siempre, donde ni siquiera supe si hubiese sido necesario defenderme, si es que pretendían ofenderme como lo han hecho con algunos familiares que han pervivido en San Francisco. 

No digo que no me haya sentido feliz de haber habitado mis preguntas en otro lugar, es más, es probable que gracias a ello pude disfrutarme sin importar un qué dirán latente, pero me gustaría haber podido discutir más y con mayor apoyo que lo que decía el sacerdote sobre el imposible de dos mujeres que se aman y conviven, no era necesariamente el deber ser de la vida; que lo que insinuaba mi profesora de castellano con irse al infierno o estar errado por amar a otro hombre tampoco lo era, y que el escuchar en algunas tías sus insultos y menosprecios hacia familiares o externos sobre lo aberrante que era su sexualidad, sencillamente no tenía por qué ser así. 

Por eso me niego a no escribir esta rabieta, porque es lo que pienso y es lo que tiene que cambiar, lo que tenemos que combatir. Me niego a hacer como si nada cuando una maestra o funcionaria pública hace gestos burlones al ver pasar un parcerito que ha tenido la valía de enfrentarse a su madre con prejuicios incluidos o que ha tomado la decisión de no regresar a la iglesia porque se siente violentado en algunas predicaciones. ¿Ustedes creen que es justo cohibirse los sentimientos más sublimes o los deseos más viscerales, por culpa de una cultura montada en el pecado y la imposición de las prohibiciones? ¿Es justo que instituciones educativas y administraciones locales no hagan mucho por el simple hecho de no sentir presiones y exigencias al respecto? Justamente, son esas algunas de las preguntas que en ocasiones nos carcomen tanto la mente, que terminamos creyéndonos eso de que nuestras maneras de existir son indignas y deberíamos dejarlas guardadas o reprimidas para poder caminar tranquilas y tranquilos por un universo pensado en una vía inamovible, la vía de la heterosexualidad hegemónica, patriarcal, violenta y deshumanizante. 


29680cookie-checkHabitar LGBTI, la imposibilidad de descubrirse en libertad