Elección desesperada de un epitafio antes de morir

Foto: Fulana Malafama

Por: Laura Escobar Bonnet.

Desde que tengo uso de razón, he meditado cuál sería mi epitafio predilecto. Ya van 20 años, aún… no lo defino, solo espero que alguien más no lo haga por mí.

Me gusta gritar, graznar, chillar, susurrar, gruñir por sobre todo, pero nunca, ¡nunca! callar. Me gusta opinar, criticar, elegir, optar, reflexionar, pero sobre todo, pensar.

¿Saber lo que soy? No podría encasillarlo en los apretujes léxicos; por el contrario, sí

podría desinhibirme hablando de mi valor, más allá del acto mismo y puro de ser, sin más, ni menos.

¿Tú? eh, sí, ¡tú!, léeme, respírame en la nuca, más allá de un sexo, soy porque existo, porque los viernes me afeito las axilas o las piernas o ese bozo que tanto te repugna y que hasta Cantinflas envidiaría en su condición similar a la mía de ser, por si quiero, y si no, no lo hago, soy al fin y al cabo porque tengo vida, porque no espero que me pretendan no-ser. ¿Qué hago? ¿Amputarme?,

¿lastimarme por mi honorable condición de ser? ¡Ah, sí!, también me sale sangre por una cavidad que no define nada pero que para mí lo es todo, lo es todo porque encarna en su esencia misma mi lucha de ser, una lucha que no es más que el demostrar lo que muchos denominan privilegio pero que para otros, lo que para muchas otras, que entendemos su verdadero significado, es conquista, no privilegio, pues no hay nada que haya surgido de la nada, ni mucho menos nada cayendo del cielo, porque si aún quedan algunos derechos, es porque algunos damos todo por ellos.

Crecí en medio de dogmas que ahora puedo discernir. Me preparo para un grandioso día de conquista, no exactamente es viernes de depilación para conquista de romance, es lunes de conquistar la vida en pleno apogeo. Son las 2:00 PM y me uniformo paradójicamente de guerrera, y digo, paradójicamente, porque me siento acompañada, siento que hablo y entiendo el lenguaje que en este instante se vive entre la rebelión de mis iguales. De vuelta a casa… es otro cuento, todos los días lo mismo, no como hoy; apurando el paso mientras llego a la estación del metro, mirando a lado y lado, en hora pico ¡Primera prueba superada, llegué a la estación!, he ahí la siguiente prueba de valía, que no rocen sus sucias extremidades, bajas, altas, minúsculas o protuberantemente incisivas sobre mi cuerpo de forma malintencionada mientras el tren recorre a gran velocidad y hace que unos a otros no podamos poseer un mínimo de espacio personal e incluso respiremos unos a otros nuestras propias bacterias, y pienso: ¡Dios mío, la gente solo sabe follar y parir, qué hastío!, con suerte, nadie me tocó el trasero o se apretó contra mis senos disparejos; el trayecto continúa y ahora la tarea es evitar los lugares oscuros o rodeados de maleza. Apretando las llaves con fuerza y pensando qué dirección tomar para por fin coronar e incrustar la llave en aquella cerradura que simboliza más que el poder llegar a casa, el poder respirar tranquila.

Retomando, les decía, es 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer, del triunfo. Pronto tengo pie en calle, pie en cemento, grito callejero… ¡Es hora de aullar como los lobos en contra de las hienas!

De pronto, al fondo del pasillo abierto, largo, denso, furibundo, caótico y bullicioso se escucha un coro que se asemeja a la voz de un gigante cuyo efecto sonoro grave resuena por toda la ciudad, por todo el pavimento…

“Hay que estudiar, hay que estudiar, para no ser un policía nacional”- Una y otra, y otra, y otra vez.

Y qué decir de la marcha con tan unísono coro. ¡Cuán sublime cuando nos unimos, todas, hermanas, a hacernos valer!

Foto: Fulana Malafama.

Pero, ¿cómo me iba a olvidar de las hienas? No todo es tan lindo como parece, no podía faltar el caos, que también es bello. Yo sangro si me cortan y menstruo aún si no lo hacen; tú matas y haces sangrar por elección, es la vida que elegiste, pero no puedes ufanarte de ser, porque no sos, quien no es no siente y le da igual verduguear al pueblo que mismo le parió; matas por profesión y obsequias al rico protección.

La realidad se difumina entre gases, alaridos, llanto, balas y bolillo. ¡Nos están tirando gases lacrimógenos!

Entonces, como una nube negra y densa, el lado opuesto de la calle se llena de traición.

Qué decir de mi país, ni la palabra justicia es posible pronunciarla porque ya eres objetivo militar. Un término ni siquiera deficiente, simplemente inexistente; acá las hienas tienen permiso y licencia para agredir o matar según caprichos u órdenes particularistas, pero en fin.

Me toman por el cuello y estampan mi cabeza contra el suelo, siento la sangre manar de mi ser ahora más que nunca; cubre mis ojos, mi rostro, pero es la evidencia de que soy. Siento pasar los segundos como si fuesen infinitos, pero sé, me quedan pocos, bolillo tras bolillo hasta dejarme casi inconsciente; tengo los segundos contados y para tal suceso, probablemente mi muerte quede en total impunidad, al parecer fue lunes de conquistar la vida, pero de pescarse la muerte.

Parece que tengo por fin mi epitafio, porque nunca cierro la boca, porque mis palabras muerden, rompen muros, desarman fronteras, conquistan derechos, aún después de la muerte he de gritar…y con mis últimas fuerzas lo grito, porque nunca callo, hasta morir… “Estuve más muerta las veces que callé”.

En memoria de las vidas perdidas bajo los abusos de autoridad en el contexto de las manifestaciones y las dinámicas patriarcales que han normalizado el machismo en el imaginario colectivo de nuestro contexto.

R.I.P.

El archivo gráfico de esta nota es cortesía de Fulana Malafama.

36340cookie-checkElección desesperada de un epitafio antes de morir