Una cooperativa hecha por mujeres en el Oriente antioqueño

Foto: web creafam.coop

Por: Alejandra Morales – Mujeres Confiar

En 1993, la vida en Granada transcurría entre montañas, mulas y juergas de arrieros y agricultores.  Los fines de semana los billares, las heladerías y los bares se llenaban de campesinos con sus camisetas abiertas hasta el ombligo, y en las mesas se atiborraban cigarrillos y botellas de aguardiente, ron y cerveza, transformando la tranquila y religiosa vida granadina en una fiesta. Entre  los hombres y mujeres era común ver corretear niños detrás de los perros que fielmente acompañaban a sus dueños en sus faenas; y jóvenes que seguían el ejemplo de sus mayores, sucumbiendo también a las trifulcas que terminaban armándose cuando el alcohol se subía a la cabeza.

Preocupadas por las situaciones violentas a las que estaban expuestos sus hijos, y ante la falta de espacios adecuados para ellos,  un grupo de aproximadamente 30 madres, entre amas de casa  y profesoras, juntó fuerzas para buscar alternativas de educación y recreación fuera de los entornos adultos, así que conformaron GRUFARRE, Grupo Familiar Recreativo.  

“Comenzamos con procesos de tardes recreativas, nos reuníamos todos los miércoles con nuestros hijos y otros niños  y niñas, nos concentrábamos en el parque principal con bicicletas, patines, monopatines, triciclos y organizábamos actividades para todos, era una integración familiar en la calle; en un momento vimos la necesidad de hacer algo por los jóvenes y decidimos abrir un gimnasio. Con éste no nos fue muy bien porque todas las actividades las teníamos que financiar haciendo rifas de anchetas, hasta de una vaca que la alcaldía nos proporcionó, pero viendo que no alcanzábamos a dar cobertura con esos recursos nos tocaba incluso sacar plata de nuestros propios bolsillos para poder pagar el arriendo del gimnasio y para el instructor, entonces entendimos que era necesario conseguir mayores recursos”, relata Consuelo Tamayo, una de las fundadoras del grupo que para entonces se desempeñaba como docente. 

Entonces, tras cinco años, quisieron llevar su idea a otro nivel  para continuar impactando positivamente a la población, a Yolanda Zuluaga se le ocurrió entonces constituir una cooperativa. Muchas de ellas ya conocían la dinámica de estas organizaciones, pues Granada es considerado el municipio emblema del cooperativismo en Colombia y para ese momento existían varias experiencias exitosas.

Cada una aportó veinticinco mil pesos para un total de $625.000. Así empezamos con  un escritorio prestado y una oficina de nueve metros cuadrados, donde recibíamos a quienes se querían asociar. A los dos días no cabía la gente, como éramos amas de casa y mujeres conocidas, muchas personas creyeron en nuestra idea y nos expandimos tanto que a los dos meses tuvimos que alquilar un local más amplio, la gente quería estar en nuestra cooperativa porque sabía que su fin principal era dedicarnos a tener espacios recreativos para toda la familia”, cuenta Consuelo.

Comenzaron con el anhelo de crear un centro recreativo, con instalaciones como piscinas y atracciones mecánicas donde toda la familia pudiera entretenerse, pero cuando el sueño apenas estaba echando raíces se atravesó el conflicto armado.

El primer gran golpe que recibieron los granadinos fue el 3 de noviembre del 2000, cuando un comando del Bloque Metro de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá invadió el parque principal y asesinó en menos de media hora a 19 personas. A partir de ahí, el pueblo vivió hostigamientos, retaliaciones de un grupo y otro que veían en Granada un territorio estratégico en su frente de guerra, debido a su cercanía con la autopista Medellín Bogotá y a algunas centrales hidroeléctricas. Empezaron los toques de queda, las amenazas constantes y los asesinatos todos los días, principalmente en las veredas.

La situación empeoró el 6 de diciembre de 2000, cuando en horas de la mañana se parqueó un carro cerca al parque principal, y poco después voló en pedazos: llevaba 400 kilos de dinamita dentro y había sido detonada a control remoto por guerrilleros de los frentes 9, 47 y 34 de las FARC con la intención de atentar contra la estación de policía, sin embargo terminó llevándose la vida de 23 civiles y 5 uniformados, dejando 25 heridos, y convirtiendo parte del municipio en un cementerio de escombros después de casi 20 horas seguidas de combate.

La toma había dejado también 82 locales y 127 viviendas destruidas, así como 106 más averiadas. A partir de ahí, el éxodo de la población campesina y pobladores de la zona urbana hacia otras ciudades, que  había comenzado de forma paulatina hace algunos años, aumentó de manera alarmante. Durante los siguientes cuatro años serían desplazadas más de 9 mil personas, dejando veredas como El Vergel, La María y El Tablazo prácticamente deshabitadas. Para 2002, más de la mitad de la población se había ido.

Una vez más en la historia de Granada miles de personas se iban de su tierra a buscar suerte a otras partes, tal como en años anteriores en los que, acosados por la pobreza y la mano oscura de las grandes industrias que los despojaron de sus propiedades, tenían que dejar todo lo que conocían y rehacer su vida.

Foto: Hacemos Memoria

Ante esta situación, quienes habían partido años antes tampoco se quedaron quietos y, gracias a la motivación de las cooperativas, vieron en esta situación la forma de mostrar que la solidaridad y la unión, más que un valor, es una forma de vida. Tan sólo dos días después de la toma, representantes de varias colonias granadinas en otras ciudades, junto con las cooperativas del municipio, entre ellas CREAFAM, se reunieron en Medellín para planear la reconstrucción del pueblo. El 9 de diciembre, tres días después de la toma,  se realizó ‘la marcha del ladrillo’, en la que alrededor de cuatro mil personas se movilizaron por las calles del pueblo con un ladrillo en la mano, con el que simbolizaban su  reconstrucción.

A través de la campaña ‘Todos Juntos por Granada’ se logró congregar a empresas públicas y privadas, y junto a la administración, las cooperativas y colonias, recogieron alrededor de 550 millones de pesos, con los que acudieron al gobierno nacional pidiendo ayuda para levantar de nuevo el pueblo destruido

Pese a esto, el desplazamiento masivo generó una fuerte debacle económica para la cooperativa, pues gran parte de sus asociados habían perdido sus casas y sus familiares, por lo que habían salido hacia otras ciudades, a veces sin un peso en el bolsillo. La situación hizo que CREAFAM buscara otras formas de llegar a la gente que usaba sus servicios. “nosotras inmediatamente pensamos en ubicarlos y tener sedes en las ciudades donde estuvieran para tenerlos cerca y brindarles la ayuda que necesitaran, no queríamos ubicarlos para cobrarles, sino para apoyarlos. La primera ciudad a la que llegamos fue Cali y tuvimos un acompañamiento incondicional de la colonia granadina, porque uno iba encontrando al otro, y así tratábamos de colaborarnos de acuerdo a nuestras capacidades”, cuenta Tamayo.

De esta forma, llegaron también a Barranquilla, Medellín, y el Eje Cafetero. Curiosamente, la historia se repitió en varias cooperativas: el desplazamiento permitió que se expandieran detrás de sus asociados y asociadas

Hoy, CREAFAM  tiene presencia en Antioquia, Valle, Quindío, Risaralda y Atlántico con 17 agencias con más de setenta mil asociados y sigue contribuyendo a la creación de conciencia de que la solidaridad es un modo de vida, y que sólo a través de ella se pueden lograr grandes cosas. 

En Granada, y en general en todo el oriente antioqueño, las cooperativas han sido manifestación del sentir fraternal de las comunidades que se han formado a sí mismas a través del poder de la solidaridad y la importancia de la familia, muchas veces abandonadas por el Estado a merced de la guerra. Y en esta lucha por mantenerse a flote, han sido las mujeres trabajadoras quienes han sabido sacar la cara por ellas y sus familias.

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