Abajo y a la izquierda están los feminismos

Por: María Paula Ochoa Vargas.

“Al azar agradezco tres dones: haber nacido mujer, de clase baja y nación oprimida.

Y el turbio azul de ser por tres veces rebelde.”

María Mercé Marçal

Mucha rabia, mucho fuego y mucho frío nos ha atravesado el corazón desde que decidimos nombrarnos en plural, en la decisión radical, extrema e irrenunciable de vivir reclamándonos mujeres, a pesar de que ese sustantivo sagrado parece condenarnos a la muerte. Muchos soles nos han curtido la piel como obreras, esclavas, cuidadoras, y tanta o más sangre de la nuestra hemos derramado, y hemos llorado. 

Y entonces nos hemos reconocido, no solamente como las oprimidas del oprimido, sino además como las rebeldes de entre la rebeldía; las negras, las proletarias, las campesinas, las indígenas. Nosotras, las otras dentro de los mismos, dentro de los nadie, las que actualizamos el grito y lo diferenciamos, pero lo unimos al resto de las rebeliones, de los reclamos, porque le apostamos a la vida de las nuestras y los nuestros, a la paz para nuestros pueblos, a la defensa de nuestras tierras y aguas, y a la dignidad para los y las que hemos parido, para quienes amamos y abrazamos.

Los feminismos no nacen del odio, ni versan sobre los antagonistas. Nacen, por supuesto, desde muchas rabias de corazones con lugares en el mundo distintos que se reconocen, juntas y abrazadas; pero, antes de ellas, nacen del amor, de pasar por el corazón y lo sensible, una realidad que nos reclama rebeldes como mujeres, que no es sólo femenina, sino que se rebela en nombre de todos y todas en la Plaza de Mayo. Dolores que se gritan mientras caminamos por la verdad. Un reclamo por la tierra para el y la que la trabaja. Un reclamo armado, revolucionario e insurgente. Las militantes de los feminismos somos la enfermedad pandémica, que nunca dejó de afectar las instituciones de opresión, la crónica que nunca ha dejado de contar, y que nunca dejará de vencer y salvar vidas del patriarcado, el neoliberalismo y sus cómplices.

Es, por lo anterior, en extremo valioso reconocer nuestras vidas valientes en la política nacional, sus banderas, y preguntarse por los esfuerzos que actualmente presenciamos de juntanza. “Me hace estar hoy la rebeldía que me caracteriza como mujer afrodescendiente (…) El compromiso por parir una política que dignifique la vida, que dignifique la paz, que se piense con nosotras en la diversidad”, entre muchas otras palabras suyas, igual de certeras, negras y llenas de rebeldía, se encontraban hace unos días, el cinco de abril en la Convención Nacional Feminista, estas enseñanzas necesarias de Francia Márquez. Una Convención que celebramos porque cada vez somos más, cada vez más la política y la sociedad tienen los ojos puestos sobre nosotras, sobre las posibilidades que planteamos y exigimos en las agendas políticas de nuestros territorios. Un encuentro que además nos pone en el escenario de preguntarnos por las estrategias y posibilidades político-electorales de los sectores alternativos en este país. Este espacio hacía evidente, además de la profunda intención de las mujeres de pensarnos la realidad, la multiplicidad de sectores asistentes, movimientos políticos de diversa índole que se podían examinar con la presencia de personalidades como Francia Márquez y Ángela María Robledo, antes simpatizantes y militantes de la Colombia Humana, respectivamente, la primera de ellas expresando su cercanía vigente a este movimiento y la segunda poniendo sobre la mesa la posibilidad de conversar con la Coalición por la Esperanza liderada por sectores de “centro”, como el Partido Verde en su tendencia afín a Sergio Fajardo. Por otro lado, también asistentes del movimiento Estamos Listas, con curul en el concejo de Medellín declaradas en coalición de gobierno. Y asimismo, personalidades como María José Pizarro, militante de la Colombia Humana, cuya apuesta principal es el Pacto Histórico, para la unión de los sectores y la derrota definitiva del uribismo y la política de la muerte en nuestros pueblos.

Algunos de estos sectores y personalidades femeninas, habían tenido ya un acercamiento en un  espacio que se vivió un mes atrás en el Oriente antioqueño, a propósito de la visita de María José Pizarro a varios de nuestros municipios, el cinco y seis de marzo. En ambos encuentros hay varias cuestiones que se ponen de manifiesto y que son realmente trascendentales para la lectura política que inevitablemente hay que plantearnos como mujeres, y especialmente como feministas a la hora de apostarle a una u otra estrategia electoral. El Foro, promovido por el movimiento de la Colombia Humana en el Oriente, nos dejó algunas reflexiones que es necesario revisar para repensarnos nuestro papel en la realidad nacional. 

  1. La sororidad es un concepto crítico y político para reconocer a la otra, no es nunca un amor soso, lejano de la reflexión

Ante un escenario de tantos sectores políticos encontrados, y de mujeres tan valiosas para la vida política del país, que han tomado sus decisiones siempre respetables sobre el camino a seguir; hay que partir de plantearnos que la sororidad es un concepto político y crítico, y no es un amor desaforado a cualquier compañera que conozcamos por el hecho de ser mujer. Si bien parte de la empatía, de sentirnos atravesadas por un mismo cuerpo, por experiencias de violencias y de opresiones similares; la sororidad trata de reconocer a la otra como sujeta política, reconocer sus opiniones y experiencias desde la validación y la posibilidad de discusión y oposición.

En esa vía, para nadie es un secreto la discusión vigente sobre la decisión de Ángela María Robledo de retirarse de su militancia en la Colombia Humana. Las mujeres de este partido han reconocido y validado su decisión y sus opiniones, y sin embargo, como María José Pizarro lo mencionó en el Foro, también han reafirmado la decisión de seguir militando como feministas en el partido, y configurando las agendas políticas, partidarias y electorales desde las asambleas internas. Desde la sororidad, las compañeras de este sector también se oponen a la descalificación del partido y a la pretensión de pintar como un movimiento de medias tintas a los feminismos.

Sería una contradicción discursiva profunda apostarle a movimientos de la esperanza, que actúan desde la descalificación diciendo “ni derecha ni izquierda”, desconociendo las luchas, puesto que esas mismas ideas son las que propugnan que “ni feminismo ni machismo, igualismo”, o “feminismo sí, pero no así”.  Las luchas no se condicionan, se construyen popularmente, se validan desde una sororidad política y crítica.

  1. La apuesta electoral es transitoria; la agenda feminista es necesaria y urgente, y será permanente en nuestra construcción y ejercicio de poder

“(…) Que se reconozca el liderazgo y la voz femenina en nuestro país, pues bueno, yo pasaré al Senado de la República; y espero que esta curul pueda multiplicarse. Si no logramos multiplicarnos es porque no hicimos del todo bien el trabajo”, decía María José Pizarro en el encuentro que tuvimos en el Oriente antioqueño. Se declaró además abierta a construir con todos los sectores desde su curul, poniendo esta a disposición desde la lectura de la realidad política.

En ese sentido, hay que entender que hay multiplicidad de sectores en la apuesta del pacto histórico, con sus propias exigencias, haciendo sus propias renuncias para construir algo mayor. Ha quedado más que claro que las mujeres estamos listas para gobernar, pero no somos las únicas, en tanto mujeres. También las indígenas, las campesinas, las negras, las exguerrilleras en sus reclamos como sector, están listas. Un pacto histórico abre la posibilidad y pone sobre la mesa la necesidad de asumir la discusión como la mejor herramienta contra la dispersión.

La derecha asesina y paramilitar nos sigue ganando, y no por los mínimos irrenunciables y absolutamente trascendentales necesarios para una unión alternativa, sino porque no hemos entendido que tanto los feminismos, como la defensa del territorio y las aguas, como la apuesta por condiciones dignas en las cárceles, como las necesidades de las comunidades indígenas, como todas las luchas, se necesitan juntas, en apuesta alternativa para construir nuevas posibilidades en Colombia.

No hemos entendido, además, ni las mujeres, ni los demás sectores, que pensar que la presidencia es la única apuesta, es una herencia del fetichismo presidencialista de los gobiernos tradicionales latinoamericanos. En nuestro país hay necesidades no sólo de un poder ejecutivo feminista, también de apuestas legislativas y judiciales desde nosotras y para todas. Además de los gobiernos locales.

  1. Los feminismos están abajo y a la izquierda, porque la rabia, el amor y la rebeldía pasan por el corazón

El poder y la alegre rebeldía que nos dejó en los corazones violetas la llegada de Estamos Listas al Concejo de Medellín es profunda. Las palabras de Dora Saldarriaga, Concejala por Estamos Listas, son siempre certeras, necesarias y llenas de dignidad. Así, en el encuentro que se realizó en el municipio de Rionegro, del foro “Mujeres y Política”, convocado por Oriente Humana, proponía cuestiones trascendentales necesarias para la agenda política del país entre las que resaltaba la necesidad de una Justicia Feminista en las instituciones y en las calles, desde el escrache, la redistribución del poder y la economía, basada en el cuidado.

Sin embargo, es difícil entender por qué ante la invitación a unirse al pacto histórico que le hacían desde el público, ella respondía que su apuesta no es de izquierdas, derechas o centros, sino que es el feminismo. Esa es ciertamente nuestra bandera, pero es un desconocimiento profundo para el movimiento desligarlo de las luchas sociales, de la realidad política, y descalificar todas las ideas de las que se ha alimentado para darle una fachada de falsa neutralidad.

No, el feminismo no es neutral, los feminismos están desde siempre y para siempre abajo y a la izquierda, con las obreras, las negras, las indígenas, las campesinas, para la justicia social, el reconocimiento y la redistribución económica y del poder. Los feminismos necesariamente caminan por la izquierda, y resignifican los espacios: los sociales, como el movimiento feminista de la Colombia Humana, como Estamos Listas; también los espacios de rebelión armada contra el Estado como el feminismo Insurgente, las luchas de las mujeres rurales recogidas en el feminismo comunitario y el ecofeminismo que lucha a favor de la vida. El feminismo no es y no será neutral, ni despojado de banderas porque parte de la diversidad, y porque la rabia, la rebeldía, el amor, y así, el feminismo, nacen del corazón.

Para terminar, empecemos.

En definitiva, hemos tomado esta decisión radical y profunda de nombrarnos mujeres. Una apuesta siempre fundada en el amor, y por supuesto en el reconocimiento de una historia de medias tintas a la que le urge empezar a nombrar las cosas por su nombre. Bien nos ha enseñado Amelia Valcárcel que «del feminismo siempre se dice que es recién nacido y que ya está muerto» Es necesario entonces que empecemos a reclamar la vida y la vigencia, no como un movimiento aislado, sino en todos los rincones que nos han negado, de la política y, por supuesto, del poder.

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