Tacuara: la guadua es la raíz

Por: Mariana Álvarez López.

Hay quienes dicen que la guadua conserva su memoria familiar; es decir, si hay una planta hija que es sembrada en otro lugar, lejos de su familia, y algún día su madre enferma, o su guadual muere, ella también lo hace.

Es curioso y hermoso a la vez cómo aquello que nos ha acompañado en momentos de la historia, busca su propio camino a la manifestación y la recordación del porqué sentimos un vínculo extraño con lxs otrxs seres, proviniendo entonces la explicación. Es como si en el fondo nos resistiéramos a creer lo que cuentan los libros de historia, cuando narran, por ejemplo, que era 1806 cuando Alexander Von Humboldt y Amadeo Bonpland, los reconocidos médicos y botánicos francés que participaron de la expedición a América, vieron una planta en Colombia que denominaron Bambusa Guadua; la misma que, posteriormente, sería nombrada por el botánico alemán, Carl Sigismund, como Guadua Angustifolia, el bambú colombiano por excelencia.

Aquella resistencia es consecuencia de la conexión con nuestra propia historia. Es una pulsión sincera a lo que sabemos que somos, y no a lo que otrxs apenas descubrían en nosotrxs. Es una confrontación con la fractura impuesta por una conquista invasiva; una exclamación visceral que busca rescatar del olvido a nuestrxs primerxs pobladores: el fuego, la tierra, los abuelos y abuelas, lxs animales, las plantas, los ríos y mares; y entre tantas, la guadua.

La guadua crece en todos los continentes, excepto en Europa. Es la planta nativa representativa de los bosques andinos; crece en los países de Iberoamérica, a excepción de Chile y las islas del Caribe; se expande desde las zonas tropicales de México hasta el sur de Argentina, en donde la nombran tacuara.

En Colombia se han reconocido más de 51.000 especies de plantas, lo que permite distinguirla como una de las cinco matrias megadiversas del mundo. En América, en diversidad de bambúes, Colombia ocupa el segundo lugar, después de Brasil, con 18 géneros, cinco variedades y 105 especies, de las cuales 24 son endémicas.

212 años después de que los franceses vieran la planta que se atrevieron a bautizar, Colombia cuenta – a riesgo del subregistro – con 55.000 hectáreas de guadua, de las cuales, entre el 95 y 97% son cultivos naturales, es decir, que nadie ha sembrado, lo que permite reconocerle como un bien natural sostenible, además de generoso.

Integrantes Tacuara. 2021.

Tacuara es también el nombre con el que un grupo de jóvenes rurales, habitantes de la cuenca del río Arenal, entre San Rafael y San Carlos, crearon una colectiva que teje puente con la guadua y sus mensajes, compartiendo así sus propiedades, regalos y posibilidades de creación.

“La guadua es un elemento, un espíritu, una energía que se materializa por medio de un material que tiene muchas bondades, que aporta soluciones de cambio que estamos necesitando como humanidad. Es un elemento muy sensible, que responde a la forma en cómo tú lo tratas, lo manejas, te acercas a él”, comparte Urabá del Sol, integrante del colectivo.

“No hay nada que no se pueda hacer con guadua” asegura Camila Duque, también integrante de Tacuara. En el periodo que se denominó el siglo del Bahareque (XVIII – XIX), más de 1.000 pueblos se fundaron en guadua, en Antioquia, el Valle del Cauca, el Quindío, Risaralda y Caldas. Además, este fue el material que, por excelencia, en épocas precolombinas, las comunidades indígenas y campesinas utilizaron para la creación de herramientas de cacería y pesca, además de instrumentos musicales, viviendas, puentes…

Era 1999, cuando un terremoto sacudió el Eje Cafetero. Es justo a partir de esta alteración natural que se incluye la guadua en las Normas Colombianas de Diseño y construcciones Sismorresistentes (NRS-98), pues sus cualidades y, en sí, su fuerza, dejaron ver el potencial de dicho material ante movimientos telúricos, sumando razones para llamarla acero vegetal. Entre las infinitas posibilidades de creación que obsequia la guadua, la construcción de viviendas ha dado grandes lecciones para el país, tras años de estar relegada en la legitimidad de la norma y la marcada indiferencia al leer nuestros propios contextos, que en otras palabras es volver a nuestras raíces.

En el caminar de Tacuara, después de diseñar artesanías, entre amplificadores, lapiceros, cubiertos, bicicletas, bases de cama… muchas fueron construcciones a gran escala las que realizaron. Arquitecturas cuadradas, con techos casi perfectos no fueron suficiente para seguir conectando con los materiales propios del territorio, y mucho menos con los mensajes que como susurros la naturaleza comparte. Pasaron entonces a construir espacios con formas más orgánicas, circulares, sin esquinas, asimétricas y aun así, perfectas; recordando lo que la guadua les ha enseñado el trabajo minucioso, desde una tapa de lapicero hasta el arco y tejido de un techo que parece moverse como hojas en el viento.

“De forma personal, siento que trabajar la guadua es una conexión con la energía de la tierra, y que es una gran maestra de cosas como que uno debe trabajar unido, que si uno quiere florecer y aportar a otros, tiene que confiar en quienes hay alrededor; que finalmente, cuando crecemos, debemos de ser flexibles, resistentes; que lo que hagamos sea una huella bonita, que aportemos al bien; que las raíces siempre están en la familia, en la comunidad” comparte Urabá.

Andar por la cuenca del Arenal y reconocer el trabajo comunitario en favor de preservar la naturaleza, sus formas, linderos y tejidos, produce una sensación innombrable. Es como si aquella pulsión encontrara abrigo, como si llegara a casa; una casa grande, sin puertas ni ventanas; a cielo abierto para ver las estrellas y las formas de hojas que a veces hacen de techo y nacen de la unión de esterillas.

Dan ganas de devolver el tiempo, derrocar a los españoles que masacraron a los pueblos de Pantágoras y Tahamíes, los mismos que contaron mitos de la guadua como la feminidad protectora del agua. Es como si de los pies salieran raíces, se abriera la caja que guarda las múltiples lenguas, de los distintos seres, y de repente, crees comprenderlo todo. ¡Así debió de sentirse esta madre antes de la conquista! En la naturalidad de lo que somos: ciudadanxs del mundo que se encuentran para abrazarse, contarse los secretos que la tierra ha confiado en la mañana y los aprendizajes que ha donado en la tarde.

En otros términos, los guaduales son familias que se reúnen alrededor de la planta madre; ella dona de su saber, su agua, sus propiedades y fuerza para que, alrededor, sus hijxs nazcan fuertes, crezcan alto y libres siguiendo la luz del sol. Esta relación propone examinar las razones por las que la bioconstrucción es un encuentro especial entre las comunidades, quienes más allá de las estructuras físicas y sobremontar materiales que terminan siendo más que casas, hogares, trabajan en equipo y comprenden que la herencia indígena de las mingas recobra el sentido de lo que siempre hemos sido y somos: seres solidarixs, dispuestxs a compartirnos con el mundo, desde los saberes, las maneras de observarnos en naturaleza y recibir sus regalos, ofrendando igualmente nuestros cuerpos-territorios.

Como humanxs, sería un descaro añadido reducir todo esto que aquí se ha dicho al misticismo con el que relacionamos las casualidades; o a las maneras coloquiales que tenemos de normalizar lo que por naturaleza siempre ha sido mágico, poderoso e increíble; estaríamos desconociendo todo, incluso lo que sembramos, lo que cosechamos, lo que comemos, lo que escuchamos, también lo que leemos. Lo que la tierra y lxs tantxs seres nos cuentan. No corramos más el riesgo que siempre hemos creído, de creer solo en lo que vemos, o de legitimar aquello en lo que la ciencia no escatima. Somos un pueblo gestado en el vientre de la tierra, de otra manera, igual que la guadua, nuestra resistencia y capacidad de movernos orgánicamente en favor de un mundo diferente no tendría explicación.

Lecturas inspiradoras en: Agronegocios.co – revista.ibp.co.cu – Humedal, tejido del viento.

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