Un viaje a pie al Cerro de la Vieja – Páramo de Sonsón

La vida no es un sueño, es un viaje: un viaje a pie. Y para viajar hay que estar despierto ¿no?

Gonzalo Arango.

Por: Yuber Torres.

Llegamos al Hostal del Páramo de noche y nos cuesta comenzar a pestañear en la cama. La imagen de la montaña, que es más oscura que el color de la noche, siembra un miedo niño a lo desconocido bajo las pesadas cobijas que doña Liz, la dueña del hostal, nos dispone para luchar contra el frío de la casa de más de doscientos años. Y pienso por primera vez, que para esto camino: para experimentar la pequeñez, la libertad en el movimiento, la fragilidad frente a ese gigante dormido que es la montaña, que si le dieran ganas de aplastar esta esquina del parque donde dormimos, lo haría. Pero no lo ha hecho, porque ya son las cinco de la mañana y no he pegado el ojo.

A las seis, salimos hacia la vereda, por una de esas carreteras baratas antioqueñas, por las que palpita la adrenalina y la aventura, los jeeps y el abandono del Estado, porque la misma gente mantiene las carreteras transitables. Todo es rústico en el Páramo, pero de esas mismas manos de corteza, nos reciben dos campesinos con tinto en aguapanela, y entonces nos sentimos fisiológicamente felices para sembrar camino.

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Eran las siete cuando comenzamos a trepar la montaña. Al principio, el camino se bordeó de llanuras onduladas, de cultivos de granadilla, tomate de árbol, papa y aguacate.

Cada uno de nosotros tiene un ritmo pa’ caminar, el mismo que, supongo, tenemos para trabajar y para amar. En la retaguardia, Karen y Toche disparan las cámaras a todos lados, caminan lento y buscan el detalle, la esencia del paisaje, se educan los ojos y posan frente a las vacas, los cultivos, los paisajes; nos capturan descuidados, nos hacen recuerdo. En el medio, el resto va con Óscar, a quien no quiero llamar guía, sino amigo. Un amigo que sabe caminar a todos los ritmos, que espera y entiende los caprichos de todos y que teje historias del pueblo con las nuestras, que se ríe y está presente. 

Me encuentro con varios tipos de caminantes. Una es Julieta, que ansía llegar pronto a la cima y se adelanta, pero experimenta la abrupta soledad del páramo y espera en alguna piedra. El que se queda atrás porque necesita más tiempo para contemplar: los fotógrafos en este caso; pero también el integrante con amor de madre que cuenta si estamos completos. Es en uno de esos momentos que me devuelvo y encuentro a Karen, con una hoja grande y amarilla en la mano, parece hipnotizada y le digo que vamos pues, que no se quede, y ella me muestra la hoja que se confunde con los ríos que surcan la palma de una mano.

Luego cruzamos un pequeño riachuelo. Antes de dar calor al estómago, encontramos una pequeña cascada. El olor a tierra húmeda aumenta, el agua es fría y limpia, paso mi mano sobre ella y Toche me pide que la deje ahí, hacia arriba, y el agua resalta esos surcos de los que hablaba Karen y recuerdo esa frase de “el olvidado asombro de estar vivos” del que habla Octavio Paz; personas que adquieren esta naturaleza de reflejarse en todo lo que la montaña ofrece, ven formas en todos lados, encuentran belleza en una hoja muerta, una raíz suelta o el cadáver de una mariposa que se destine sobre una piedra. 

Entonces nos entregamos al aire puro y Óscar nos regala de a una granadilla. Anlly, la novia de Óscar, nos propone un círculo energético antes de comenzar la alta montaña. Al quedarnos en silencio nos sentimos vigilados por los fantasmas del Páramo, hojas que caen, que se quiebran; angustias que viajan desde atrás de la montaña y se chocan con las nuestras. Mientras los hilos de agua se detienen en los líquenes y los musgos del páramo, Anlly nos habla de respetar la montaña, y nos pregunta qué queremos dejar allí y qué esperamos recoger. La mayoría busca dejar la ansiedad, el cansancio, el estrés del encierro y del trabajo, las energías pesadas, para que la montaña las haga hojarasca y abono, agua. Caminar para recoger-SE.

Los sentidos se despiertan a medida que caminamos y nos movemos para no perder el calor animal. Los músculos empiezan a tensarse y la montaña nos exige flexibilidad, nos pide ritmo, pero también nos regala sus raíces para agarrarse y trepar las paredes inclinadas sobre las cuales se filtra el agua. Las nubes descienden rápido y no se ve nada, sentimos que el sol nos calienta por segundos, pero de nuevo el viento arrastra la niebla hacia los repechos y se enreda en las ramas de los árboles.

– ¿Y entonces viene mucha gente por acá?

– Parce, en Semana Santa pueden subir hasta cien personas, y yo no estoy de acuerdo con eso.

– Claro, me imagino la basura que dejan y no falta la señora que se quiere llevar la matica pa’ la casa.

El Frailejón pa’ la sala [jajaja], comento sin que nadie me escuche.

– Vos sabés que Sonsón es un pueblo muy conservador, dice Óscar.

– ¿Ah no?- se ríe Steven – Con solo ver la súper pancarta del amigo Uribe viniendo para acá, tuvimos

– Jajaja

– Sí, ¡qué pena!, en nombre de nuevo turismo Sonsón, les pedimos disculpas.

Todos reímos y Óscar nos contó que la cruz que está en la cúspide del Cerro de la Vieja, la subieron puros buenos cristianos; cada uno llevaba una piedra a manera de ser absuelto de pecados, otros llevaban barillas y así fue que hicieron esa “obra” que se alcanza a ver desde el parque ¿Qué hubiera pensando Fernando González si se encontrara esta cruz en la cima del Ruiz?

-Es que Sonsón tiene mucho poder, no más vea la diócesis.

– ¿Y La Danta qué? la cantidad de plata que genera el mármol y Sonsón que no lo suelta.

Este camino es amor y muerte

Estoy sentado en una piedra esperando al grupo. Abro los ojos y me doy cuenta de que este camino es amor y muerte. Toche abraza a Antonia porque se ha golpeado en la cabeza, la consiente, la mima como a una niña, se le hace imposible imaginarla herida. Steven apoya a Julieta subiendo una piedra, Óscar le echa una mano a Anlly para que no termine en un charco de lodo; un águila paramuna rompe los fuertes vientos y sigo su trayectoria mientras pienso en lo inhóspita que es la vida en este lugar, porque estamos acostumbrados a definir la vida en el movimiento de los insectos, los animales, los seres, y es lo que menos vemos aquí; pero nos sentimos salvajes de nuevo: subimos, nos estiramos como simios para alcanzar una rama, saltamos, nos arrastramos, recolectamos semillas, piedras, hojas, esperamos a los otros para no morir de soledad, nos conectamos para recuperar la vitalidad que nos quita cumplir a la sociedad.

“Todo se concentraba en la necesidad del regreso”

Los pies alcanzaron donde apuntaba la mirada en la madrugada. El cansancio se graba en los rostros de todos. La sensación de libertad que da estar en la cima desata algo en nuestros espíritus, que ponen ahora los ojos en montañas con forma de calderas que soplan bocanadas gigantes de nubes para que luego el viento recoja y suba hasta este lugar, cubriéndonos la mirada un segundo y al siguiente bajando hasta el pueblo lleno de murmullos de pájaros y ruidos humanos: los nuestros.

El regreso es diferente y los ojos se llenan de abismo, de vértigo, buscan el suelo; diferente al ascenso que se concentró en mirar a la altura de las manos. Hay una lentitud en los movimientos de todos, el descenso nos desgasta las rodillas porque debemos saltar o bajar resbalando por las piedras. Parece que se acabaron las historias, los chistes y las cumbias que alegraron el ascenso, y una desolación con pequeños gemidos quejumbrosos se quiebran en nuevos silencios. Experimentamos una sensación de mortalidad, de fatiga, de humanidad; y sobre todo: de reflexión: un viaje al interior de nosotros mismos.

Fotografía: Karen Franco  @karen_franco_lopez_  Y Juan David Giraldo @Juangiralcast

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